miércoles, 9 de noviembre de 2016

ADOLF TRUMP

No era un día señalado solo en EEUU: el mundo entero dirigía ayer la mirada hacia América (la América poderosa, que la otra no le importa a nadie) para observar atentamente cuál de los dos candidatos - qué partido político, qué ideología - se iba a hacer con la presidencia del país (y del mundo, por qué no ser claros).

Hoy los españoles nos hemos levantado tranquilamente de la cama, hemos abierto Facebook - que es lo primero que hacemos después de apagar la alarma - y nos hemos escandalizado al ser informados de que Donald Trump es el nuevo Presidente de los Estados Unidos. "No puede ser", "Racista, homófobo, xenófobo" decimos indignados. "Los americanos son idiotas", "¿Cómo puede ser que un 29% de mexicanos haya votado a Trump?" Es gracioso eso que dicen de que sólo se ve la paja en el ojo ajeno, puesto que nosotros, que hoy somos perfectos analistas políticos, hemos presenciado hace escasos días la investidura de un presidente que encarna, precisamente, valores muy parecidos a los del caricaturizado magnate. Un presidente que nada más tomar el mando político de nuestro país decidió - al contrario de lo que había prometido - subir los impuestos y el IRPF. Un presidente que, pese a no saber articular un discurso en condiciones (discurso que, por cierto, pese a tener como colofón "es el alcalde el que quiere que sean los vecinos el alcalde" es fervientemente aplaudido, lo cual es indicativo de lo parejos que son los coeficientes intelectuales de los mandatarios de la derecha para con lo sus votantes) es capaz de aprobar una amnistía fiscal que permite a los defraudadores pagar solo un 10% de lo regularizado, y frente a los 25.000 que se tenía previsto que se declararan, se declararon solo 1.200 millones. Ese presidente que prometió bajar la prima de riesgo y la aumentó, batiendo el récord de la misma, ese que fue elegido para evitar el rescate que acabó por presenciarlo; un presidente salpicado por el escándalo de corrupción más grave de la democracia (el caso Bárcenas), un presidente que vio cómo el país conseguía otra cifra récord: la de parados en nuestro país (6.200.000 españoles en el paro), un presidente que prefirió centrar sus esfuerzos en un referendum ilegal (provocado por su NO rotundo ante la celebración de uno dentro del marco legal) para desviar la atención de las TarjetasBlack y de la Trama Púnica, un presidente que se ha opuesto al aborto, al matrimonio homosexual, que ha fomentado el odio entre los propios españoles, un presidente al que le conviene la tirantez entre catalanes y el resto del país, un botarate que, siempre aconsejado (puesto que de donde no hay...) ha puesto todos sus esfuerzos en hacer creer a España que Catalunya es independentista, egoísta y corrupta y no hay que dejarla ir, pero hay que marginarla, para que esté sin estar. Nosotros, los ciudadanos de un país que hace presidente a este sujeto pese a lo anteriormente comentado, no tenemos NINGÚN derecho de juzgar lo sucedido en las elecciones de los EEUU, porque criticar a Donald Trump y a sus votantes, resultaría un ejercicio de autocrítica inútil que haría más rídicula (si cabe) nuestra situación político - social actual.

Sin ahondar más en la esperpéntica sociedad española (a propósito del reciente aniversario del nacimiento de Valle - Inclán) sigamos analizando las elecciones. Las de marzo - sí, marzo - de 1933 - has leído bien - en Alemania... ¡BINGO! 

El partido NacionalSocialista  Obrero Alemán nació fruto del antiguo Partido Obrero Alemán (DAP) en un panorama cultural protagonizado por el auge de la derecha y del racismo. Con el objetivo de alejar a la clase obrera del comunismo y de la socialdemocracia, el partido Nazi incluyó el socialismo en la denominación de su partido, aunque, por otro lado, ese socialismo estaba subyugado al nacionalismo (NacionalSocialista) con el objetivo de atraer también a los sectores nacionalistas y conservadores. El discurso de Adolf Hitler se centró en la lucha contra las grandes empresas, en el antiburguesismo y el anticapitalismo (lo cual no impidió que obtuvieran apoyo y financiación de grandes empresas industriales y le élite económica del país. A raíz de la entrada en la nueva década, el partido orientó sus discursos hacia el antisemitismo y el antimarxismo, atribuyendo absolutamente cualquier desajuste nacional a ambos colectivos. A fin de ilustrar de forma más concreta en lo que consistían los discursos electorales de Adolf Hitler, es necesario incluir aquí un estracto de dos de los mismos:

Mis compatriotas alemanes, hay un conocimiento y un levantamiento en nuestra nación: un levantamiento que muestra que hoy en día millones de personas se han dado cuenta de que en estas elecciones que se avecinan hay más en juego, y acaba de decidirse por una nueva coalición; incluso más que la elección de una nueva presidencia, a la elección a la que nos enfrentamos hoy en día es entre la seguridad y el derrocamiento. Son dos posibles orientaciones para Alemania: una de estas direcciones ha prevalecido durante 60 o 70 años y ha demostrado lo que puede y no puede hacer [...] y se ha implementado por la burguesía o por los partidos marxistas, mientras que el otro se h centrado deliberadamente en los recursos y la fuerza dentro de nosotros mismos en una Alemania unida en el sentido más estricto del mundo: sin clases, sin estratos y sin diferencias religiosas. Desde hace 13 años esta primera ha gobernado Alemania [...] ahora dicen que durante los últimos 13 años han tratado de hacer todo lo bueno, pero lo evitaron a nuestra costa; durante 13 años han demostrado, tanto económica como políticamente lo que son capaces de hacer: una nación económicamente destruida, los trabajadores en ruinas, la clase media en la indigencia, las finanzas de las tierras y las comunidades ricas podridas todos en bancarrota y siete millones de desempleados. (Discurso electoral de 1932)

 La lucha entre el pueblo y el odio entre ellos está siendo alimentada por partes muy específicamente interesadas; es una pequeña y no arraigada conspiración internacional que se está enfrentando a la gente cara a cara y no quieren que tengamos la paz. Es la gente que se albergan tanto en ninguna parte como en todas partes. Esos que no tienen sitio en un terrero en el que establecerse, pero que viven en Berlín hoy, mañana, si es necesario, en Bruselas, al día siguiente en París o Praga o  Viena o Londres y en todas partes se sienten como en casa [se oye un '¡judíos!' de fondo] siendo los únicos a los que se puede llamar realmente elemento internacional ya que llevan a cabo sus negocios en cualquier lugar, pero la gente no puede seguirlos: la gente está encadenada a su tierra, a su patria, encadenada a las posibilidades de vida que el Estado ofrece (Discurso 1933)

¿Qué pensaríamos nosotros ante un discurso así? ¿Qué pensaríamos ante la campaña ideológica más potente de la historia, si nos dijeran que el enemigo viene de fuera y hemos de unirnos contra él? ¿Qué haríamos nosotros si hubiéramos vivido antes de esas elecciones la pobreza, la desidia y la tristeza de un país destartalado, y aterrizara un partido que pusiera a la clase media como prioridad y asegurara eliminar a todo aquel que atentase - o que te han hicieran creer que atentase - contra el estado de bienestar? Es muy sencillo llenarse la boca de orgullo y valentía frente a un libro de historia o frente a un televisor, pero lo que es innegable es que el racismo, la xenofobia y el miedo venden mucho más que los proyectos de izquierdas, que tienden al fraccionismo, al desacuerdo y a ideas, desde luego, mucho menos radicales que las de la ultraderecha.

El NSDAP ganó las elecciones al Reichstag de 1933, y quien crea que Hitler solo se impuso a fuerza de dictadura y milicia, se equivoca. Alemania le abrió en primer término las puertas al fascismo, del mismo modo que lo hizo Italia, España, Rumanía o Chile, y es que el discurso del miedo y de la xenofobia es más poderoso que cualquier otro cuando se combina con una campaña de falsedades perfectamente urdida y con un control supremo de los medios en manos del poder (llámese gobierno, llámese dinero, llámese empresario). En unas elecciones en las que el porcentaje de participación alcanzó la friolera del 88,74% un partido tan ilógico que combinaba ideas fascistas con un nombre que se inclinaba a la izquierda obrera ganó las elecciones de 1933 con un 43.91% de los votos - lo cual, en cifras, son 17.277.180 votantes - y aunque, ciertamente, necesitó de la coalición y no obtuvo mayoría absoluta, prácticamente la mitad de la población alemana se creyó la trabajada mentira de que absolutamente todos los problemas de la nación se reducían a una conspiración de la cual el ciudadano no conocía nada, pero que obviamente era culpa de judíos y comunistas. Ganó la derecha. Ganó el fascismo.

Un siglo después la humanidad ha olvidado la importancia de la memoria, la humanidad ha dejado que la élite se meta en su cabeza y seleccione así los datos que se introducen y los que se sustraen. La humanidad ha olvidado muy pronto el peligro del fascismo, y por eso, quienes realmente no tienen sentido de la memoria no encontrarán aquí un análisis de lo que comporta la presencia de Donald Trump en la Casa Blanca. Compadezcámonos de ellos mientras no tengamos que compadecernos de nosotros mismos.

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